El General Henry S. Burton, fallecido, una vez fue un hombre militar distinguido de esta costa, nació en West Point (Punto de Oeste), el 9 de mayo de 1819, cuando su padre, el Comandante Oliver Burton estaba estacionado en ese poste militar. Burton recibió su nombramiento como cadete antes de que cumpliera dieciséis años; había entrado a la academia militar en enero de 1835 pero le faltaban tres meses para que cumpliera dieciséis años, así que fue obligado a esperar hasta el término de julio. Se graduó en lo más alto de una clase de cadetes muy capaces, y se le ofreció la oportunidad de entrar en el cuerpo de ingenieros, pero preferió servir en “la linea” y escogió la artillería. En su graduación fue inmediatamente promovido a Segundo Teniente en el tercer regimento de la artillería, y cinco meses después, el 11 de noviembre de 1839, fue promovido a Primer Teniente del mismo regimento. Sirvió en la guerra de Florida, de 1840-’42; fue estacionado en Fort Moultrie, South Carolina (la Fortaleza Moultrie, en Carolina del Sur) hasta 1843, y luego fue designado instructor de la artillería en West Point. Él sirvió en aquella calidad hasta 1846, cuando se declaró la guerra con México, para el servicio en el cuál lo nombraron Teniente Coronel del Primer Regimento de Voluntarios de Nueva York; su comandar de ese regimento fue igualmente dividido con el Coronel Stevens. Navegando desde el Puerto de Nueva York llegaron a Monterey en febrero de 1847. El Coronel Burton tenía el mando de Santa Barbara, mientras el Coronel Stevens permaneció en Monterey. Después de unos meses, cuando más tropas habían llegado a Alta California, Burton fue mandado a tomar la Baja California.

Durante su desembarco en La Paz, Burton fue mofado por los indigénos por comprometerse a un trabajo tan grande con tan pocos hombres. Riéndose, les contestó que él lo intentaría; pero si ellos no lo dejaban, él no los culparía, pues ellos tenían el derecho de oponerse a él. Mientras detenían el puesto en este lugar, Burton y sus hombres eran amistosos con los ciudadanos y en cambio los ciudadanos eran amistosos con ellos también. Después de esperar en vano la llegada de armas de Sinaloa o de Sonora, los méxicanos concluyeron hacer un esfuerzo para expulsar a los americanos  sin armas. Juntos coleccionaron toda clase de material anticuado e inútil en forma de armas y otros accesorios militares y ellos “cayeron” sobre La Paz. Una tremenda descarga de fusilería despertó a los habitantes de sus sueños pacíficos en la media noche; el ladrido agitado del pequeño cañon fue oído tres veces, encima del traqueteo de la mosquetería, pero sus propios esfuerzos lanzaron al cañon fuera del combate, ya que se le había caído una rueda rota y quedó allí, como un guerrero discapacitado, sin una pierna! En la impotencia ignominiosa, el cañon fue enganchado a una mula y llevado con prisa antes de que “los gringos” de Burton tomaran una noción para salir y llevárselo, solamente para divertirse. Pero “los gringos” nunca se movieron, y cuando se quedaron bien escondidos detrás de su parapeto, los méxicanos tomaron el valor para acercarse más, escondiendose detrás de las casas a los alrededores del fortalecimiento. La noche era tan oscura que ni el grupo de ataque ni el sitiado podrían verse el uno al otro a los diez pasos distantes. Después de un tiempo, los méxicanos se pusieron a pensar que se estaban gastando sus municiones preciosas sobre el aire vacio, pues la fortaleza de los americanos permanecia silenciosa; y la luz del día les reveló la locura de su fabricación de un ataque cuando ellos tenían tan pocas armas. Retirándose a la duna de enfrente, continuaron a irritar a los americanos lo más que ellos podían con sus armas defectuosas, de día en día, obteniendo provisiones y reservas de algún barrio oscuro.

Así siguieron sus hostilidades ineficaces hasta una mañana brillante cuando el buque insignia Ohio de los Estados Unidos, con el Almirante Shubrick a bordo, y la fragata de guerra Dale, navegaron a la bahía de La Paz, los cuáles permitieron la salida del Coronel Burton y la derrota de los méxicanos en Todos Santos. Si los méxicanos hubieran sabido de los pocos americanos que estaban en la fortaleza anteriormente, ellos podrían haber hecho “carne picada” de ellos.

Shubrick les publicó una proclamación a la gente de Baja California en nombre del gobierno de los Estados Unidos, informándoles que ellos deberían dispersarse y no tomar armas en contra de los americanos, o sino ellos serían castigados severamente en la conclusión de la guerra, la cuál ya casi terminaba. También les prometió protección de las vidas y la propiedad de la gente en la proclamación, y siguió todo esto con baoles y recepciones y otros símbolos “del buen tiempo que venía”. Los méxicanos principales estaban contentos con el cambio, pues ellos realmente habían estado sufriendo un tipo de esclavitud con el gobierno viejo; pero pobres méxicanos! Sus sueños felices tuvieron una duración corta, ya que la noticia fue directamente recibida de que se propuso un trato de paz, cediendole la Alta California a los Estados Unidos, pero no la Baja California! Los méxicanos estaban nerviosamente preocupados que el Coronel Burton debería, con la ayuda de su gobierno, ver que Shubrick tomara la Baja California bajo la cuidadosa protección de los Estados Unidos y que lo hiciera bien, ya que ellos le habían estado recomendando anexación al gobierno estadounidense, y ahora sus vidas estaban en peligro;  pero el Coronel Burton les informó que ya era muy tarde, pues el trato final de la paz sería firmado antes de que él pudiera comunicarse con los poderes en Washington.

La naturaleza buena del Coronel fue sumamente afectada, y él  propuso, como la mejor alternativa, proposionar el transporte gratis de todos los méxicanos de Baja California a Alta California, y, además, pagarles una cierta compensación para la propiedad que ellos serían obligados a abandonar. Esto, por su puesto, fue aceptado, aunque era un pobre sustituto a las brillantes promesas de la proclamación del Almirante Shubrick. El transporte de guerra Lexington llegó para llevarse a los californianos autodesterrados que desearon huir de la ira que venía, y con corazones pesados, salieron de La Paz hacia Monterey, llegando ahí el 4 de octubre de 1848. El Coronel Burton siguió en el buque insignia Ohio, y la fragata Dale traía parte de las tropas. Al llegar a Monterey, el Coronel Burton y su regimento se salieron del servicio de voluntarios, y él tomó la orden del poste en Monterey como oficial en el ejército regular. Permaneció allí hasta el invierno de 1852, cuando fue transferido al poste en San Diego, con la oficina central en la misión; y mientras estuvo allí, mandó la expedición del Mojave en 1857. Pronto después, lo cambiaron a la Fortaleza Yuma, y en 1859 lo mandaron al este, estando en la costa Pacífica por más de doce años.

Mientras estaba estacionado en Monterey, el Coronel Burton se casó con la señorita Ruiz, una señorita que conoció en La Paz, y quien ahora es su viuda, residiendo en San Diego. Ella es nieta de Don Jose Manuel Ruiz, quien fue el gobernador militar de Baja California por más de cincuenta años. El Gobierno Colonial de España le ordenó tomar orden de las fuerzas enviadas a la frontera para asistir en la fundación de misiones en Baja California. Don Ruiz vino de Loreto a la cabeza del golfo en 1780 con una fuerza grande, y desembarcó en el lado de Sonora del Río Colorado, así que tuvo que cruzar el río bajo las flechas de los indios. Él fundó varias misiones sobre la frontera de la península y dejó a los indios salvajes asombrados de él y de sus soldados bien disciplinados. Entrando al ejército en la temprana edad de catorce años, y continuando en el servicio activo hasta después de los setenta y cinco años, sus servicios a su país fueron más prolongados que aquellos de cualquier otro hombre militar en la historia méxicana. Su gobierno le consedió varios terrenos de tierra, entre ellos estaba la Ensenada de Todos Santos al norte de la península y esto es ahora la propiedad de la Sra. Burton. La propiedad se hizo famosa por haber sido ocupada por la Compañía Internacional para la intención de colonizar la península; pero cuando la compañía tomó posesión de ella sin autoridad, fue obligada a publicar una advertencia de que nadie debería comprar sus tierras de la compañía. Esto acabó con el funcionamiento de tales compañías, y eatas han vendido su interés a una corporación inglesa. Ahora todos los inversionistas que compraron tierra de aquella compañía esperan con paciencia para que la asociación resuelva la pregunta sobre el título con la Sra. Burton y así poder seguir con la colonización.

El Coronel Burton fue estacionado en la Fortaleza Monroe por unos meses en 1859, después de su regreso al este. Pronto después, se estalló la guerra civil y el General Scott lo seleccionó como uno de los oficiales más confiables del ejército, y fue colocado a tener el mando de la Isla Alcatraz en el puerto de San Francisco por dos años; y en 1862 regresó al este y tomó la orden de la Fortaleza Delaware que estaba llena de presos. Después le dieron la orden en el servicio detallado de erigir fortalecimientos alrededor de Pittsburgh, Pennsylvania, comenzando en septiembre de 1863, hasta enero de 1864. Luego tenía el mando de una reserva de artillería en la campaña de Richmond del Ejército del Potomac; entonces de la artillería del Decimo octavo Cuerpo hasta 1865, participando en las batallas de Cold Harbor (Puerto Frío), Spottsylvania Courthouse (Juzgado de Spottsylvania) y en el bombardeo de Petersburg, por el cuál su servicio allí, fue nombrado General de Brigada en marzo de 1865. Mientras erigía los trabajos alrededor de Petersburg, contrajo la fiebre malaria, que le resultó fatal el 4 de abril de 1869 cuando él tenía cuarenta y nueve años y diez meses de edad; fue sepultado en West Point.